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PSIQUIATRAS DE CELULOIDE

Decía Irving Schneider que “Si la psiquiatría no existiera, el cine habría tenido que inventarla”. No le faltaba razón al especialista americano, bien conocido por haber sido uno de los primeros en estudiar la presencia de los expertos de la mente en la cultura cinematográfica. De hecho su afirmación resultaría plenamente justificada, añadiríamos, aunque sólo fuera para atender los desequilibrios mentales, altibajos anímicos y raras excentricidades que suelen detectarse entre los rutilantes astros de la galaxia cinematográfica. Podríamos corroborar este hallazgo epidemiológico en una apresurada muestra bien reconocible, sin necesidad de muchos datos cuantitativos; pero, quizás, estas conductas anómalas surjan como consecuencia de la permanente metamorfosis a que se ven sometidos actores y cineastas, involucrados en una variopinta suplantación de personalidades que, sin duda, les expone a estragos en su propia identidad. Lo que no ha sido obstáculo para que bastantes de ellos hayan debido transfigurarse en variadas epifanías de psiquiatras, desde Klaus Kinski hasta Fred Astaire. En cuanto a las psicoterapeutas de ficción, también son numerosas y variadas las estrellas que se han visto sentadas junto al diván del paciente, desde Ingrid Bergman hasta Mia Farrow; a pesar de que el cine tienda a representar a las mujeres con menos argumentos científicos que magia seductora para inspirar sentimientos distintos al amor de transferencia. En las páginas que siguen veremos desfilar a conocidos artistas que han debido encarnar alguna vez este tipo de roles, hasta instaurar una visión poliédrica de las mil caras de la norma y sus perversiones en el imaginario colectivo, contribuyendo a la consolidación de un arquetipo cultural de nuestro tiempo.

Pero no era ese el punto de partida de Schneider, sino la atracción fatal que surge de manera recíproca entre ambos mundos, el cine y la psiquiatría, como revela el gran interés por los argumentos psicológicos que han venido mostrando numerosos realizadores desde los comienzos del cinematógrafo. Es este un tema apasionante que viene demostrado por la reiterada presencia de analistas y neuropsiquiatras en la pantalla, sea como excusa para adentrarse en los laberintos de la psique, o como patrón de referencia para examinar los límites de la conducta humana. No es casualidad que el psicoanálisis naciera por el mismo tiempo y haya constituido un instrumento fundamental del aparato teórico con el que los más grandes cineastas crearon muchas de sus obras clásicas, a pesar de las reservas que siempre mantuvo Freud hacia el invento. Tampoco parece banal que las películas con alguna forma de protagonismo psicopatológico continúen produciéndose de manera creciente en nuestros días, y muchas de ellas constituyan un auténtico subgénero exitoso entre las taquillas del cine de masas. En efecto, las películas sobre perturbados y psicópatas suelen generar una morbosa expectación que, sin embargo, no trae ningún beneficio para los sufridos pacientes aquejados de trastornos mentales. Y todavía menos cuando coinciden en el mismo personaje una exótica patología y la pericia de un profesional, sin duda una morbosa aleación psíquica de segura aceptación popular entre el género psychokiller. Es entonces cuando se revelan las enormes posibilidades que permite la plasticidad de una figura semejante, que más que nunca se revela como un artificio cinematográfico diseñado para el máximo aprovechamiento.
En nuestro anterior ensayo, Locuras de cine, nos propusimos examinar con detalle estas cuestiones, partiendo de una evidencia demostrada: el atractivo que suele despertar el fenómeno psicosocial de la locura y su reiterada presencia entre las más diversas manifestaciones culturales y artísticas. En esta obra el protagonismo corresponde a los profesionales, cuya labor tratamos de estudiar procurando contrastar los modelos diagnósticos y terapéuticos, así como los recursos asistenciales de cada momento histórico, con su representación en las salas de cine. De este modo podremos resaltar los estereotipos más arraigados sobre ellos, comparando la semblanza histórica y las aportaciones de los médicos y terapeutas mentales con su percepción pública desde el doble discurso establecido a partir de ambos lenguajes, el cinematográfico y el clínico.

Un primer recorrido por la comprensión precientífica de los trastornos psíquicos, antes de la aparición de la psiquiatría como nueva disciplina médica a comienzos del siglo XIX, nos permitirá indagar la presencia cinematográfica del exorcismo y la demonología, entre otras concepciones animistas y mágico-supersticiosas. Después revisaremos la visión fílmica de la astrología, la alquimia y otras formas de ocultismo recogidas en los tratados sobre la melancolía, hasta llegar al mesmerismo, la frenología y el tratamiento moral, que anuncian el nacimiento de un nuevo saber diferenciado del corpus médico. Algunos filmes clásicos de Christensen, Dreyer, Bergman, Buñuel, Herzog o Truffaut, nos servirán para ilustrarlo, como también encontraremos excelente ocasión de asistir al debate asistencial sobre los fundamentos teóricos que sostienen el cine de manicomios. Son numerosas las películas que sitúan a sus protagonistas enfermos de algún trastorno psíquico en régimen de internamiento, desde los primeros asilos de finales del medievo cuya representación histórica y fílmica nos consta –Bedlam, la orden de San Juan de Dios–, hasta el cuestionamiento del régimen custodial iniciado tras la Revolución francesa, que recoge algún biopic sobre el momento mítico de Pinel liberando a los locos de sus cadenas. Incluso está documentada la negación radical de la utilidad terapéutica del manicomio por los movimientos antiinstitucionales formados en la década de los sesenta en las películas testimoniales de Franju, Bellocchio, Loach y, sobre todo, Milos Forman con su descripción de la violencia intramural en los “nidos de cuco”. Tanto este celebrado filme, basado en la novela del líder contracultural Ken Kesey, como el más temprano acercamiento de Anatole Litvak al universo marginal de los “pozos de serpientes”, han constituido una denuncia contundente de la triste realidad oculta tras los muros. Gracias a estos testimonios escritos y, sobre todo, gracias al impacto de su visualización cinematográfica, que ha permitido popularizar algunas de aquellas acertadas expresiones, se han podido divulgar las condiciones de vida propias de estos guetos, urgiendo desde la sociedad civil la necesidad de cambiar las circunstancias más intolerables. Con todo ello se puede elaborar un discurso ideológico apropiado al devenir del modelo de reclusión asilar –que es tanto como examinar los valores cívicos de una comunidad acerca de principios fundamentales como la tolerancia y la libertad–, desde el universo cinematográfico y su capacidad de reproducir el más elocuente testimonio visual. Por tanto, más allá del marco sanitario y asistencial donde transcurre la acción, el cine reproduce el hecho de la segregación social y toma alguna postura acerca del poder institucional y la legitimidad terapéutica del confinamiento.

Un lugar destacado de nuestro ensayo ha de girar en torno al escenario del diván, donde nacieron el psicoanálisis y las corrientes psicodinámicas. Resulta obligado abordar una breve semblanza de Sigmund Freud y el paradigma analítico que promovió, desligado del modelo biológico de la Neurología y heredero de otras concepciones filosóficas sobre la psique, debiendo destacarse las reservas y críticas que siempre suscitó entre la ortodoxia médica. El clásico filme de Huston nos servirá para ubicar su perfil humano, que encuentra en Sherlock Holmes un adecuado contrapunto de ficción en la singular cinta de Herbert Ross donde se hacen coincidir ambas figuras señeras. No en vano, el método analítico y sus connotaciones culturales, así como las repercusiones sociológicas de sus diversas escuelas, encontrarían en las artes y en el cine una entusiasta aceptación y un mutuo enriquecimiento, cuyo desarrollo habría de discurrir de forma paralela a la expansión de la industria cinematográfica. Destacamos aquí la fecunda síntesis dialéctica de la Escuela de Francfort y el freudo-marxismo de Wilhelm Reich, que también abordaremos. Pero no siempre se aprecia una acertada utilización de la tarea analítica y la cura por la palabra, por lo que habremos de recurrir a los diferentes géneros cinematográficos para conocer la construcción visual que los cineastas pueden llegar a transmitir en torno al diván del analista, donde caben las comedias más disparatadas de Woody Allen y algunas escenas de seducción erótica nada ortodoxas. Sin olvidarnos de las enrevesadas intrigas, melodramas y tragedias que se recogen a partir de la visión retrospectiva de aquellos primitivos freudianos de acento vienés, que igual nos deslumbraban con sus interpretaciones de los sueños, que ayudaban a descifrar crípticos enigmas con sus originales métodos deductivos o manipulaban tramas criminales con sus estrategias diabólicas. Hitchcock, Lang, Litvak y Robson están entre los maestros que recurrieron con acierto al empleo del código psicoanalítico y sus claves más divulgadas para la elaboración propia de un lenguaje simbólico adaptado a la cultura cinematográfica.
La psicopatología del cine bélico también merece un lugar específico en nuestro ensayo, donde la figura del psiquiatra sirve para poner algo de cordura en medio del caos, entendida la guerra como locura total y ejemplo de insania colectiva. Pero si el enfrentamiento violento y la mutua aniquilación representan el fracaso más rotundo de la convivencia, no cabe duda que la preparación psicológica de los ejércitos para afrontar los tabúes y la rígida sumisión disciplinaria que los soldados deben asumir, requieren un adiestramiento profesional minuciosamente diseñado. El psiquiatra castrense conoce bien su cometido y debe manejar los resortes ocultos que trastocan el miedo por arrojo, hasta transformar a un individuo paralizado por el pánico en héroe legendario imbuido por el honor y los valores patrios. Esta metamorfosis se produce lejos del frente, mientras se curan las heridas del estrés postraumático, pero otros sujetos son más difíciles de reciclar y arrastran toda su vida el estigma del ex combatiente, incapaz de lograr su reinserción social y de superar su desarraigo. Muchas películas describen esos tipos errabundos y enfermos de anomia, condenados a nutrir el elenco de psicópatas urbanos, tras haber comenzado entre filas su triste viaje iniciático. También contamos con un buen número de cintas que tienen al psiquiatra militar como protagonista, lo que servirá de hilo conductor para contrastar el diferente tratamiento de su figura, desde los cineastas clásicos ( Huston, Miller...) hasta la visión más crítica de Parker, Lyne o Cimino, para concluir con la mirada femenina de la canadiense MacKinnon, que nos ofrece un diferente acercamiento, sin compromiso alguno con la gesta épica.

Ya sea como involucrado en hechos delictivos, o bien como experto pericial que colabora decisivamente en la resolución de los mismos desde su sabiduría técnica, el psiquiatra también suele tener una presencia determinante en numerosos thrillers y filmes de suspense. Existen numerosas películas de trama judicial que han invocado su participación forense, a través de la cual algunos directores de renombre (Hitchcock, Preminger, Mulligan...) han conseguido enfatizar los aspectos fundamentales del guión y su fuerza narrativa, hasta lograr auténticas obras maestras. Las hipótesis degeneracionistas de Morel y Magnan, reelaboradas más tarde por Lombroso con su teoría del criminal nato, han servido para ilustrar la base psicopatológica de este subgénero especializado, y sus versiones más extremas fundamentan la recreación del ambiente de pánico en la escena fílmica. A veces se recurre a la figura del experto para clarificar los móviles ocultos y las retorcidas motivaciones de los sucesos más truculentos, o bien se apela a sus conocimientos lindantes con la realidad ominosa para prevenir los nuevos desmanes de algún asesino en serie; otra siniestra figura de gran éxito entre las salas de cine, con la que a menudo los técnicos deben mantener un tenso duelo de argucias administradas de forma perversa para aumentar el clima terrorífico. Y, últimamente, la exótica implicación de algún “psiquiatra psiquiatrizado” –quizás por la extendida creencia de que la locura resulte contagiosa– llega a constituir un modelo vesánico muy reconocible, al asociarse el mal irracional con los poderes más perversos de su sofisticado conocimiento del alma humana.
Pero si es polémico el conocimiento de la psique, no lo es menos el debate entre posiciones ambientales y concepciones biologistas acerca de la enfermedad mental, siempre bajo el riesgo de caer en formas opuestas de reduccionismo alejadas de la objetividad y el rigor científico. De nuevo el cine acude en nuestra ayuda para ilustrar algunos de estos excesos teóricos, como ejemplifican diversas películas que igual apostaban por la ridiculización del moralista charlatán, que se decantaban por el determinismo organicista. De ahí a la asimilación de las técnicas médicas y los recursos de contención como formas de castigo moral y represión física habituales entre los especialistas no había más que un paso, cuyo extremo más radical llegaba con las diversas terapias de shock (insulina, cardiazol, electrochoque...), técnicas reflexológicas de modificación de conducta, cócteles de fármacos y el sacrificio final de la neurocirugía, según parecen mostrar no pocos filmes (Fuller, Litvak, Mankiewicz, Glifford...). De este modo se extendía entre el conjunto de los profesionales la sospecha de una clara connivencia con los poderes públicos, con el fin de garantizar a cualquier precio la erradicación de la violencia, a través de la reeducación y la imposición de las normas cívicas, para asegurar la estabilidad del orden social, aún a costa de la anulación de la voluntad del individuo, como ilustra de forma magistral Stanley Kubrick. Contamos también con un reciente filme de Joaquín Jordá que recoge el dilema sobre la delgada línea que separa lo somático y lo psíquico, a partir de su inesperada experiencia como paciente en el curso del rodaje, lo que le permitió reflexionar sobre la materia última del alma humana de la manera más realista. Su interés por la obra del portugués Egas Moniz, premio Nobel de 1940 por sus innovaciones en neurocirugía para las enfermedades psíquicas, nos ofrece una excelente oportunidad para contrastar la vigencia de ambas corrientes, psicogenéticas y organicistas.

Conforme han ido perdiendo protagonismo el entorno manicomial y su espectacular imaginería escenográfica (reductos tétricos de clima irrespirable, caras ausentes de intenso sufrimiento, imágenes denigrantes de la represión...), así como el tópico gabinete del analista oracular y sus deformaciones caricaturescas, han ido apareciendo nuevos escenarios donde discurre la labor psicoterapéutica. También el cine se apresta a reproducirlos, obviamente, y de manera bien diversa, según la plasticidad de los nuevos dispositivos. Encontramos películas motivadas por el abordaje de parejas y experiencias grupales, que han interesado a Mazursky, Rudolph y Pakula, entre otros realizadores, de igual modo que las terapias conductuales o sistémicas en el medio familiar, de gran éxito al conseguir una imagen más amable de la labor terapéutica, sea por los protagonistas o por el acierto de los directores ( Redford, Gus van Sant, Ramis...). También se recogen orientaciones alternativas y tratamientos específicos de ludopatías, alcoholismo y otras conductas adictivas, que logran un grado de identificación proporcional al carisma de los actores, con los que el espectador suele compartir las esperanzas y recaídas de sus tortuosos avatares. La reinserción social de pacientes exhospitalizados es otro de los nuevos temas de valor testimonial, ya que hace girar hacia la calle y los equipos de salud mental el espacio normalizador, desde la tarea preventiva y rehabilitadora de intervención cotidiana en la comunidad. Unos y otros modelos de atención van encontrando reflejo en las pantallas y, aunque nunca gozarán del impacto cinematográfico de las películas clásicas, constituyen un indicio del cambio asistencial y de los nuevos marcos de actuación de los terapeutas, sean psicólogos o psiquiatras, cuyos roles específicos a menudo son transmitidos como idénticos.
Incluso se emplea el cine como instrumento pedagógico en estas disciplinas para ilustrar historias clínicas o discutir estrategias terapéuticas, y asistimos hoy a la propagación de una incipiente cinematerapia, que propone la autoayuda y el debate grupal a partir de la visión selectiva de determinados cuadros nosológicos con afortunada reproducción en las salas de proyecciones. Investigar los aspectos sociológicos que se desprenden de los personajes de ficción y analizar los tópicos más destacados de su labor profesional constituye todavía una tarea pendiente en nuestro entorno, y que nos proponemos abordar en las páginas que siguen. También aprovecharemos, finalmente, la riqueza de perspectivas que ofrecen los distintos géneros cinematográficos, en todos los cuales resulta fácil encontrar alguno de nuestros expertos, que aparecen como referentes inevitables en las tramas argumentales desde el día en que las pesadillas comenzaron a visualizarse en la fábrica de los sueños.

 
       
   
© Grup Embolic, 2007
 
       
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